Las Malvinas, Trump y Milei: UN Juego de Estrategia y Urgencias en el Atlántico Sur
Hasta hace apenas unos meses, la batalla diplomática por la soberanía de las Islas Malvinas le importó poco y nada a Javier Milei, hasta que Donald Trump entró en escena y cambió el tablero: "malvinizó" al presidente argentino y ubicó al Reino Unido en una incómoda posición, más incómoda aún que aquella en la que había sido instalado durante el Mundial de fútbol.
"Siempre reviso cada posición. Es sólo una de muchas", declaró Trump el 1 de septiembre de este año ante una pregunta directa acerca de si Estados Unidos revisaría su posición histórica de neutralidad en el conflicto por las Malvinas. Una neutralidad en los hechos favorable a los británicos, como demostró la guerra de 1982, en la que Washington apoyó a Londres.
Trump se extendería en días posteriores con más reflexiones que alarmaron al recién estrenado Gobierno del laborista Andy Burnham: afirmó que el Reino Unido ya no es el país que era en 1982, que ir "tan lejos" para defender las islas quizás sería dificultoso para ellos y se posicionó como el hombre que puede resolver la situación. Argentina reclama las islas, alegando que fueron ocupadas en 1833 por los británicos, que implantaron una población extranjera. La ONU reconoce desde 1965 una situación colonial en las islas y reclama a Londres y Buenos Aires que se sienten a negociar. Trump no maneja ese nivel de detalle, pero castiga a los británicos por su negativa a aumentar al 5% del PIB su gasto militar y por los límites que ponen a la utilización de la base militar en la isla de Diego García, en el océano Índico, clave para la ofensiva militar en Irán. La ecuación se completa con un Milei entregado sin condiciones a lo que diga y pida la Casa Blanca.
Y aunque con Trump nunca se sabe, porque puede cambiar su posición de un momento para otro, para la Casa Rosada fue suficiente: Milei se montó sobre las palabras del presidente estadounidense y, en cadena nacional, anunció a los argentinos la malvinización de su Gobierno y una serie de medidas para impedir la explotación de petróleo y gas en el mar que circunda las islas, que Argentina reclama como propio.
Se trata de Sea Lion, un yacimiento en aguas profundas a 220 kilómetros al norte del archipiélago. Las exploraciones preliminares confirmaron que allí hay mucho petróleo, y la explotación de ese yacimiento solucionaría la economía de las Islas Malvinas (Falklands, para los británicos), que ya no dependería de la pesca y del ganado ovino. Argentina necesita impedir eso, porque unas Malvinas poderosas en lo económico harían más inviable aún el sueño de recuperarlas: a diferencia de lo que sucede con "Gibraltar español", reivindicación ligada a la derecha más dura en España, la causa Malvinas es transversal en Argentina, un mandato constitucional, incorporada a la currícula escolar y capaz de unir, en este caso, a Milei y el kirchnerismo.
El paquete de sanciones de Milei aprovecha la potencia del yacimiento de "Vaca muerta", uno de los más grandes del mundo, y se resume en una premisa sencilla; aquellas empresas y directivos que trabajen directa o indirectamente en "Sea Lion" serán demandadas comercial y penalmente y no podrán trabajar en "Vaca muerta". La amenaza legal surtió efecto y está complicando seriamente a "Sea Lion", un negocio mucho menor que el que promete la "Patagonia saudí".
Lo llamativo es que, hasta el 15 de julio de este año, la reivindicación de la soberanía de las Malvinas era un asunto marginal, casi despreciado por el gobierno de Milei. Ese día, tras derrotar a Inglaterra 2-1 en el que fue quizás el partido más electrizante del Mundial de fútbol, varios jugadores argentinos desplegaron una sábana blanca en el estadio con una frase escrita a mano: "Las Malvinas son argentinas". Esa sábana se reproduce hoy en todo el país en camisetas, tazas de café y todo tipo de artículos. El poder combinado de la selección victoriosa ante Inglaterra y reivindicando la mayor causa nacional se llevó por delante al gobierno argentino y sacó a Milei de sus ensoñaciones thatcherianas.
Milei ha reivindicado históricamente a Margaret Thatcher como su gran referente político. El problema para muchos argentinos es que la entonces primera ministra británica gobernaba durante la Guerra de las Malvinas y ordenó el hundimiento del crucero General Belgrano, fuera de la zona de exclusión naval delimitada por Londres. El saldo fue de 323 argentinos muertos en las heladas aguas del Atlántico Sur.
Londres insiste en que no tiene nada que hablar con Buenos Aires, y poco se supo de lo que conversaron en torno al tema el primer ministro británico, Andy Burnham, con Trump en una reunión al margen de la asamblea general de la ONU. Allí, el presidente argentino dedicó un discurso incendiario contra la organización y cargó con dureza contra los británicos. Milei no habló con Trump, al que sólo vio fugazmente durante el encuentro por el "Escudo de las Américas".
La "malvinización" del gobierno argentino incluyó un rearme militar e incremento presupuestario para Defensa apenas días después de haber anunciado recortes, así como la construcción de una base logística y militar en Tierra del Fuego, la provincia a la que pertenecen las Malvinas en el ordenamiento legal y jurisdiccional argentino.
Todo indica que Estados Unidos aportará dinero, logística y "expertise" a la construcción de esa base, que en su momento quería construir China, disminuida ahora en su influencia en la zona.
A 635 kilómetros de Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, está Punta Arenas, la principal ciudad en el extremo sur de Chile. Recientemente se anunció una ruta de aprovisionamiento comercial entre Punta Arenas y Puerto Argentino (Port Stanley), la capital de las Malvinas, noticia que molestó en Buenos Aires. A su vez, en Chile hay una efervescencia nacionalista mayor a lo habitual -lo que ya es decir mucho- por una serie de imprudentes declaraciones de militares argentinos acerca del Estrecho de Magallanes.
La izquierda, que en Chile es tan nacionalista y patriótica como la derecha, reclama al gobierno de José Antonio Kast que se plante ante el de Milei, pero el presidente chileno mantuvo un perfil extremadamente bajo en el tema. Más al norte, Brasil se encamina a elegir nuevo presidente. Luiz Inácio Lula da Silva no se habla con Milei y el apoyo a Argentina en la causa Malvinas se enfrió notablemente. Si el líder de izquierdas gana y es presidente por cuarta vez, Milei, en lo que tiene que ver con las Malvinas, estará solo en el sur, dependiendo casi en exclusiva de su amigo Trump, que se enfrenta a unas elecciones complejas en noviembre. El sobrevenido fervor malvinero recuperado por Milei es, así, más frágil de lo que los argentinos querrían reconocer.