Estados Unidos Frente A la Prueba de Noviembre

Estados Unidos Frente A la Prueba de Noviembre
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Las elecciones estadounidenses de mitad de mandato -midterm- entrañan siempre un plebiscito. El presidente no figura en la papeleta, pero inevitablemente termina siendo evaluado. Las del próximo 3 de noviembre tienen una significación añadida. Más que determinar qué margen de maniobra tendrá el Gran Disruptor durante sus dos últimos años como inquilino de la Casa Blanca, van a proporcionarnos la primera radiografía completa de las inclinaciones de la sociedad norteamericana en el ecuador de su segundo periodo a la cabeza del país.

Y esa radiografía importa, porque una de las grandes incógnitas de esta etapa consiste en determinar qué parte del fenómeno Trump responde a Donald Trump y qué parte expresa una transformación duradera de Estados Unidos. Distintos estudios dibujan por ahora un paisaje de insatisfacción. La proyección de Reuters/Ipsos -publicada el 21 de septiembre- sitúa la aprobación presidencial en el 32% y, en intención de voto al Congreso, pone a los demócratas ocho puntos por delante, 43% frente a 35%. Más revelador todavía: el apoyo a Trump entre los propios republicanos ha caído nueve puntos en una semana. Inflación, coste de la vida y carburantes pesan en el ánimo del país, y la guerra con Irán ha entrado de lleno en la política doméstica. A ello se suma, con trasfondo de rivalidad tecnológica con China, una inquietud creciente ante la inteligencia artificial generativa -por sus efectos sobre el empleo, la seguridad, la privacidad y los riesgos derivados de modelos cada vez más autónomos-, que contrasta con la prioridad que concede Trump a la que ha rebautizado como "super intelligence" en su discurso ante las Naciones Unidas, relegando cualquier cautela regulatoria al cajón del olvido.

Así, podrían bascular ambas Cámaras; incluso el Senado, donde los republicanos disponen actualmente de 53 escaños. Aunque no conviene sacar conclusiones prematuras. Porque no se trata de una elección nacional al Congreso, sino de 435 elecciones a la Cámara de Representantes y carreras senatoriales sometidas a geografías y distribuciones de afinidades muy diferentes. Los sondeos muestran una ventaja clara demócrata, pero su traducción en mayorías depende de los perfiles de distrito -la ingeniería territorial conocida como gerrymandering- y de factores locales. La intención de voto nacional no permite trasladar mecánicamente porcentajes a escaños.

Además, MAGA es inseparable de la idiosincrasia de Donald Trump. Ha transmutado el Partido Republicano: comercio, inmigración, política industrial, relación con aliados y adversarios, así como la idea misma del papel internacional de Estados Unidos. Texas ofrece un ejemplo particularmente ilustrativo de la pugna interna. El senador John Cornyn, representante del republicanismo tradicional y con cuatro mandatos a sus espaldas, perdió las primarias contra Ken Paxton, fiscal general del estado, avalado por Trump. La sustitución ha abierto una contienda de resolución incierta con el pretendiente demócrata, en un Estado de prolongada hegemonía republicana. El resultado electoral permitirá calibrar en qué medida la capacidad de movilización de Trump se transfiere a "sus" candidatos. Es un aspecto capital de cara a 2028, cuando él no puede volver a concurrir.

La prueba no será sólo política; será también institucional. Pocos años atrás hubiera sonado extraño cuestionar cómo transcurrirían una votación y un recuento en Estados Unidos. La robustez del procedimiento se daba por supuesta. Después de las controversias electorales de 2020 y del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, ya no ocurre así. Esta vez aparecen, además, elementos nuevos. Funcionarios estatales y locales se preparan jurídica y materialmente ante posibles amagos de intervención federal, litigios y perturbaciones del proceso. Reuters ha recogido la preocupación de responsables electorales de numerosos estados por escenarios que hasta hace poco habrían parecido inverosímiles. Nada de ello autoriza afirmar que vaya a producirse una interferencia; sí obliga a seguir el desarrollo de los acontecimientos con una atención que en otros tiempos ni se habría planteado.

Aquí reside una de las fortalezas menos aparentes del sistema estadounidense: su fragmentación. Las elecciones son administradas esencialmente por estados y autoridades locales. No existe un gran aparato federal que permita controlar desde Washington el conjunto del proceso. Secretarios de Estado, gobernadores, funcionarios, jueces y tribunales forman una tupida red de competencias concurrentes. Trump está tensionando ese entramado. Y aflora la envergadura global de la cita -que rebasa la política norteamericana-. Occidente no es sólo compartir intereses estratégicos ni una alianza militar. Se ha sostenido también sobre una determinada concepción de la limitación del poder, del Estado de Derecho y de la continuidad de las instituciones por encima de quienes temporalmente las ocupan. Que esas instituciones resistan o se desfiguren rebasa el ámbito exclusivamente interno.

Hasta ahora la imagen es contradictoria. La Presidencia ha ensanchado su perímetro, mientras tribunales, estados y, ocasionalmente, el propio Congreso siguen imponiendo límites. La cita de noviembre permitirá comprobar cómo funciona esa arquitectura cuando lo que está en juego es precisamente la renovación de la representación política. La guerra con Irán exhibe, además, el extraordinario enmadejamiento de política interior y exterior. Ha disparado los costes militares así como energéticos y encuentra resistencia incluso dentro del Partido Republicano (un congresista ha llegado a presentar un expediente de impeachment contra el secretario de Defensa, Pete Hegseth, por la conducción de la guerra sin autorización del Congreso).

Las midterm pueden modificar considerablemente el entorno político en el que Trump gobernará; no necesariamente su visión y práctica de la política exterior. Un Congreso de mayoría opositora incrementará las facultades efectivas de investigación y control presupuestario, también la capacidad para bloquear iniciativas legislativas. Pero la Presidencia mantiene un margen enorme en asuntos internacionales y Trump ha convertido la sorpresa en instrumento de negociación. Para Europa, por tanto, esperar que noviembre devuelva la comunidad transatlántica al mundo anterior sería equivocarse de orientación.

Ese mundo no regresará.

Europa ha debido aprender que no puede seguir externalizando su seguridad. Asumir mayores responsabilidades propias no es una concesión a Washington; responde a un cambio del contexto estratégico que trascenderá a Trump. Cosa diferente es aceptar que una alianza pueda reducirse a una sucesión de transacciones. Ahí surge una cuestión central para el vínculo transatlántico. Una alianza significa previsibilidad. Significa saber que la relación sobrevive a la negociación del día, que ser aliado no equivale a enfrentarse cada mañana a una nueva subasta de compromisos. La revisión en marcha sobre el despliegue militar estadounidense en Europa, las dudas sobre el futuro de ciertas salvaguardas y la creciente búsqueda europea de proveedores alternativos reflejan el deterioro de esa confianza.

Si prosigue la erosión de la noción de alianza, Occidente puede atesorar organizaciones, tratados junto a fotografías de familia y, sin embargo, ir perdiendo aquello que le daba coherencia política. La descomposición no tiene por qué adoptar la forma espectacular de una ruptura. Puede producirse por vaciamiento; permanecen las estructuras, pero se quiebran la confianza y la conciencia de pertenecer a un espacio político compartido.

El "Amigo Americano" conserva una combinación singular de capacidades: poder militar, dólar, mercados financieros, tecnología, universidades, empresas, innovación, aliados y una extraordinaria reserva de influencia cultural. Sigue siendo, en el sentido que Bill Clinton y Madeleine Albright dieron a la expresión, la "nación indispensable". Pero el mundo que inspiró aquella afirmación se ha desvanecido. Ser indispensable hoy exige algo distinto de ser incontestado. Exige reconstruir confianza, recuperar la capacidad diplomática, integrar la dimensión militar en una estrategia política y entender que los aliados no disminuyen la fuerza norteamericana, la multiplican. También exige instituciones que contengan el poder y garanticen la continuidad del Estado por encima de quien temporalmente lo ocupa.

Estas próximas elecciones importan, pues, fuera de Estados Unidos. No porque vayan a resolver la guerra de Irán, recomponer de golpe la relación transatlántica o determinar por sí solas la política exterior de los dos próximos años. Importan porque nos dirán qué Estados Unidos está emergiendo de esta etapa y qué proyección global quiere mantener. El 3 de noviembre se elegirán congresistas y senadores. Pero el mundo mirará mucho más allá de las papeletas. Estará pendiente de la evolución del vínculo transatlántico y de las posibilidades de renovación de las instituciones y alianzas que han sostenido a Occidente.