El Oscuro Legado De Mao Zedong: "Tuvo Errores Muy Graves, Pero Hizo Que Los Chinos Volviéramos A Sentir Que Teníamos Una Nación Fuerte"

El Oscuro Legado De Mao Zedong: "Tuvo Errores Muy Graves, Pero Hizo Que Los Chinos Volviéramos A Sentir Que Teníamos Una Nación Fuerte"
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A los pies de su estatua de bronce, Mao Zedong todavía recibe alcohol y cigarrillos. Son 10 metros de líder comunista dominando la plaza principal de Shaoshan, una pequeña ciudad de la provincia china de Hunan. Además de las habituales coronas de crisantemos, también se amontonan botellas de licor y cajetillas que dejan los peregrinos. Algunos levantan el puño frente a la estatua. Otros inclinan solemnemente la cabeza. Durante este mes, autobuses cargados sobre todo de jubilados y grupos escolares están desembarcando en el lugar donde nació el fundador de la República Popular China.

Shaoshan es uno de los grandes santuarios del llamado "turismo rojo", la industria patriótica impulsada alrededor de los escenarios fundacionales del Partido Comunista. Pero este año la peregrinación tiene un significado especial. El 9 de septiembre se cumplieron 50 años de la muerte del hombre que gobernó China durante casi tres décadas y cuya gigantesca sombra continúa proyectándose sobre el país.

Zhang, un taxista de 58 años de Shanghai, creció escuchando a sus padres hablar de los turbulentos años de maoísmo. Pero él conserva una imagen más positiva del antiguo líder. "Tuvo errores muy graves, eso nadie puede negarlo, pero antes de Mao nuestro país era débil y estaba dividido. Él hizo que los chinos volviéramos a sentir que teníamos una nación fuerte", sostiene.

Muy distinta es la visión de Fan, una profesora jubilada de 75 años cuya familia sufrió las persecuciones de la temida Guardia Roja. "Mis padres, ambos académicos, fueron detenidos por sus ideas más aperturistas", recuerda. "Los más mayores no nos olvidamos de aquellos años oscuros, pero me molesta especialmente la desmemoria de las generaciones más jóvenes, quienes idealizan a Mao sin saber realmente lo que ocurrió".

Como señala Fan, entre quienes nacieron décadas después de la muerte del Gran Timonel, la figura resulta más lejana y se mezcla con el nacionalismo contemporáneo. Li, un programador de 27 años, dice que su generación conoce las tragedias del maoísmo, pero cree que no se puede juzgar al dirigente únicamente por ellas. "Mao cometió errores, pero sin aquel movimiento revolucionario que él lideró no existiría la China fuerte que tenemos ahora", afirma.

Medio siglo después de su muerte, el rostro de Mao permanece impreso en los billetes de yuanes. Su retrato de seis metros continúa vigilando la entrada a la Ciudad Prohibida. Muchos taxistas llevan pequeños amuletos suyos colgados del retrovisor. Sus estatuas presiden universidades y plazas, mientras que muchos hogares rurales conservan su fotografía. En Pekín, largas filas atraviesan a diario los controles de seguridad para contemplar su cuerpo embalsamado en el mausoleo de Tiananmen.

La China que contempla hoy todo eso poco tiene que ver con la que Mao dejó en 1976. El país que vestía uniformes grises se ha convertido en la segunda economía del planeta, levanta rascacielos, los trenes de alta velocidad más rápidos y pretende llevar astronautas a la Luna. Una parte de esa transformación se produjo precisamente cuando el reformista Deng Xiaoping comenzó a desmontar, después de la muerte de Mao, buena parte de su modelo económico.

Ahí reside la gran contradicción que el Partido nunca ha conseguido resolver del todo. Mao es al mismo tiempo su padre fundador y su herencia más incómoda. Fue el revolucionario que condujo a los comunistas hasta la victoria en 1949 después de décadas de invasiones extranjeras. Pero también fue responsable de persecuciones políticas y desastrosos experimentos sociales que provocaron una de las mayores catástrofes humanas del siglo XX.

La más devastadora comenzó con una promesa imposible. Mao anunció que China superaría en pocos años la producción industrial británica. El Gran Salto Adelante, lanzado en 1958, movilizó a millones de campesinos para fabricar acero y construir presas mientras abandonaban los cultivos. Funcionarios aterrorizados ante la posibilidad de ser acusados de falta de fervor revolucionario comunicaban cosechas inexistentes. Pekín requisaba grano basándose en aquellas cifras ficticias mientras en el campo comenzaba a faltar comida.

Los comedores colectivos, símbolo de la nueva sociedad comunista, terminaron vacíos. Campesinos hambrientos morían dentro de sus casas o junto a los caminos. Se documentaron episodios de canibalismo. Las estimaciones sobre las víctimas varían enormemente: desde más de 16 millones hasta alrededor de 45 millones de muertos. Fue una de las mayores hambrunas conocidas.

La siguiente gran convulsión llegó en 1966. Mao lanzó la Revolución Cultural y movilizó a la Guardia Roja contra funcionarios, profesores, intelectuales y cualquiera acusado de representar las viejas costumbres o de "seguir el camino capitalista". Las universidades quedaron paralizadas. Templos y patrimonio histórico fueron destruidos. Millones de jóvenes terminaron enviados al campo para ser "reeducados" por los campesinos.

Ni siquiera las familias de la élite escaparon. Xi Zhongxun, padre del actual presidente Xi Jinping, fue purgado y perseguido. El propio Xi, todavía adolescente, fue señalado como "estudiante reaccionario" antes de ser enviado en 1969 a una aldea pobre donde pasó siete años.

La Revolución Cultural dejó cicatrices especialmente profundas en Shanghai: escuelas y universidades quedaron atrapadas en las campañas políticas, profesores e intelectuales fueron perseguidos y numerosos jóvenes terminaron enviados al campo para ser reeducados. "Cuando leo lo que ocurrió durante esos años, lo que más me impresiona es cómo personas normales acabaron denunciando y persiguiendo a sus vecinos, a sus amigos e incluso a sus propios familiares. De repente, cualquiera podía convertirse en enemigo", señala Wang, una veinteañera que estudia en la capital financiera.

Cuando Mao murió a los 82 años, el país guardó una semana de duelo. Pero para quienes habían sufrido sus campañas, su muerte también significó que una época de terror había terminado. Los siguientes líderes entendieron que condenarlo por completo equivalía a cuestionar el origen mismo del régimen. En 1981, el Partido elaboró durante año y medio una resolución histórica que reconocía sus "graves errores", especialmente durante la Revolución Cultural. "Cuando éramos pequeños, en la escuela nos enseñaban tanto los aciertos de Mao como la devastadora hambruna y la Revolución Cultural", cuenta Yuan, una residente de Shanghai recién entrada en la treintena.

Este equilibrio ha permitido abandonar las políticas maoístas sin derribar las estatuas del líder. Deng Xiaoping abrió China al capital extranjero. Sus sucesores siguieron alejándose de la arbitrariedad maoísta mientras preservaban intacta la legitimidad histórica del fundador.

Con Xi Jinping, muchos analistas opinan que el péndulo ha vuelto parcialmente hacia atrás. El actual líder ha reforzado el culto a su personalidad y concentrado en sus manos un poder desconocido desde los tiempos de Mao. En 2018, China eliminó el límite de dos mandatos presidenciales, una de las salvaguardas construidas precisamente después de la experiencia maoísta para impedir una nueva personalización extrema del poder.