La Generación Que Creció Bajo La Sombra Del 11-S: "A Mis Padres Les Aterraba Ir A Desfiles, Conciertos O Eventos Como El Encendido De Navidad En El Rockefeller Center"
Las historias de tres jóvenes nacidos entonces y de otros cuatro testigos directos que vivieron el colapso de las Torres Gemelas muestran la pesada herencia que todavía define nuestro presente
Diecinueve terroristas. Cuatro aviones secuestrados. Dos torres derrumbadas. Y casi 3.000 personas fallecidas en total. Hoy, a 25 años del ataque que redefinió la historia moderna de Estados Unidos, hay quienes recuerdan con claridad cómo era la vida antes de aquel atentado bajo la Administración del ex presidente George W. Bush; mientras tanto, estamos otros —una generación entera— que no conocemos un mundo sin aquel atentado contra las Torres Gemelas. El 11 de septiembre de 2001 cambió la geopolítica, la seguridad y el orden global tal como se conocía, y se instaló una paranoia colectiva que se extendió desde la ciudad de los rascacielos al resto de los 50 estados de EEUU y el mundo.
Para nuestra generación, no existe otra realidad. Cada vez que se acerca septiembre, la rutina mediática se repite: documentales en televisión y ediciones especiales en los periódicos que buscan conmemorar las vidas perdidas en los aviones, en las Torres o en las labores de rescate. Es un ritual informativo. Para algunos de nosotros, esta tragedia no es solo una lección en los libros de texto, es una vivencia marcada por la cercanía de las fechas y el entorno en el que fuimos criados, como es el caso de Gabriela Quiñones, quien nació siete días después del atentado y en breve cumplirá los 25.
Ella llegó a un mundo sumido en el caos inmediato. Su madre, nacida y criada en Nueva York, decidió apagar las noticias en sus últimos días de gestación para refugiarse del pánico. Muchas familias buscaban un respiro similar frente a las pantallas. En mi caso, mis padres atravesaron esas primeras jornadas con la angustiosa esperanza de no escuchar el nombre de ningún familiar entre las víctimas. Yo tenía siete meses y había nacido en Puerto Rico. Quienes nacimos en el año 2001 no percibimos el 11 de septiembre como otra fecha más, es "el día de las Torres Gemelas".
"Desde pequeña tuve conciencia de los sucesos cuando en la escuela se hacía un minuto de silencio. No diría que tuvo un efecto directo en mí, pero sí una conciencia de que fue un evento trágico que vivió mucha gente", reflexiona Gabriela. Aunque el aniversario no condicionaba la celebración de su cumpleaños, reconoce que nunca faltaba el comentario inevitable: "¡Guau, naciste sólo unos días después!".
En las escuelas no faltaban los relatos y tareas por parte de los profesores de Historia. Lo normal era llegar ese día y que nos pusiesen algún documental sobre los sucedido. La dinámica se trasladaba al hogar. Mi padre, fanático de los canales estadounidenses como Discovery o History Channel y de las películas, no tardaba en ponerme World Trade Center, un filme dirigido por Oliver Stone y protagonizado por Nicolas Cage y Michael Peña, para que, a través de una pantalla, fuese consciente de lo que ocurrió. Lo mismo pasaba en otras familias.
Para nosotros, la vigilancia constante y los controles de seguridad no fueron una medida excepcional, sino la realidad del día a día. "A mis padres les aterraba que yo estuviera en lugares concurridos, específicamente por miedo a un ataque terrorista. Les horrorizaba ir a desfiles, conciertos o eventos como el encendido del árbol de Navidad en el Rockefeller Center. No se me permitía ir a ningún sitio con demasiada gente; no asistí a mi primer concierto hasta que entré en la universidad", relata Gritzko Erickson, nacido en el año 2000. Tras años de escuchar sobre el 11-S en las aulas, Gritzko comprendió cómo este suceso sirvió para justificar una era de intervencionismo militar en Oriente Próximo y la puesta en marcha de una vigilancia estatal generalizada.
Gabriela comparte esa percepción sobre las secuelas emocionales del entorno en que crecimos: "El 11-S significó un cambio radical en la vigilancia y protección dentro de lugares con mucha población. Siento que crecer con esto instaló en mí un miedo a lugares confinados donde puede haber mucha gente; muchas veces miro inconscientemente a mi alrededor buscando las salidas de emergencia".
Sin embargo, lo que para Gabriela, para Gritzko y para mí es el único mundo que conocemos, para las generaciones que nos precedieron representa una dolorosa fractura. La forma de abordar un avión y los controles de seguridad en los aeropuertos cambiaron para siempre, acompañados por una mirada distinta y estigmatizante hacia la comunidad musulmana. "Lamentablemente, el suceso trajo muchos prejuicios hacia las personas de Oriente Próximo. Son rápidamente juzgadas o catalogadas como de alto riesgo aún hoy, después de 25 años", reconoce Gabriela.
La Caída De Los Rascacielos
Aquel día, los cuatro aviones secuestrados por 19 terroristas se estrellaron contra las Torres Gemelas —que quedaron hechas cenizas—, el Pentágono y un campo en Pensilvania. En respuesta a lo que calificó como un acto de guerra, el presidente George W. Bush lanzó formalmente la "Guerra contra el Terrorismo". A pesar de que Bush recalcó públicamente que "esta no es una guerra contra el islamismo" y afirmó que "el islamismo es paz" —buscando distanciar a la población musulmana del extremismo durante la invasión a Afganistán para derrocar al régimen talibán y combatir a Al Qaeda—, la paz proyectada nunca llegó a materializarse.
Como señala la doctora Ana Belén Perianes, experta en Seguridad en el Mediterráneo, Oriente Próximo y Oriente Medio por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado-UNED, la estrategia unilateral estadounidense provocó un "paulatino desorden internacional". A 25 años de los ataques, la promesa de erradicar la amenaza terrorista no se cumplió y "el régimen talibán volvió a tomar el poder" en Afganistán, confirmando que la Administración de George W. Bush "no logró sus objetivos estratégicos" y dejó un escenario global fragmentado e impredecible. Un mundo que, jóvenes como yo hemos normalizado, porque es lo que conocemos. Para nosotros, el conflicto siempre ha existido.
Para quienes llegaron antes, esta inestabilidad se vivió de manera directa sobre el terreno. "Yo todavía tengo ansiedad tras ese día. Al subirte al tren, no sabes qué puede pasar. En el autobús, podrían poner una bomba. Hay controles de seguridad en lugares donde antes nunca hubo", relata Jehnett Vélez, quien en 2001 tenía 39 años y trabajaba en la construcción de un rascacielos en Manhattan. Desde el piso 30 vio volar un avión inusualmente bajo, presenció los impactos y vio desplomarse las torres. "Nos lastimaron. Nunca lo olvidaremos. El olor a muerte, a plástico y a combustible duró semanas por todo Manhattan", lamenta.
Tras el atentado, "los detectores de radiación se volvieron más comunes en el transporte público y en lugares emblemáticos. La tecnología de vigilancia aumentó", reconoce Londy Prendamano, de 65 años, un ex policía neoyorquino que, desde el suceso hasta 2002, trabajó bajo una carpa cribando escombros para encontrar objetos que permitieran identificar víctimas. Tras el trauma, no se subió a un avión durante casi 20 años. "La vida antes del 11-S era muy despreocupada. Estados Unidos era un buen lugar y nunca pensé que estuviéramos inseguros en nuestro propio suelo", comparte.
La atmósfera contaminada caló en la salud de los equipos de emergencia. Mientras que 343 bomberos murieron en la respuesta inmediata a los ataques, más de 360 han fallecido desde entonces por enfermedades respiratorias y cáncer contraídos en la Zona Cero. El bombero Michael D'Angelo III, de 63 años, sufre padecimientos pulmonares y cáncer de riñón tras su labor en Brooklyn. Aquel día, tras ver el impacto en televisión, llamó a su padre para pedirle que pusiera a salvo a su familia y recuerda haberle dicho: "Cientos de bomberos morirán hoy y no estoy seguro de si yo seré uno de ellos. Pero por si acaso, adiós. Te amo y cuida a mi familia".
El Mundo De Antes Y El De Ahora
Personas como Jehnett, Londy y Michael reconocen que la manera en la que antes se desenvolvía la sociedad de EEUU era distinta. Como destaca la experta Belén Perianes, las generaciones que vivieron el 11-S recuerdan "el papel y valor otorgado a la diplomacia" en la resolución de conflictos internacionales. Por el contrario, para quienes nacimos entonces, el panorama global ha estado dominado por conflictos que responden a "la búsqueda y consecución de intereses nacionales y geopolíticos" —como la injerencia externa o el control de recursos estratégicos como el petróleo, el gas o las tierras raras—. En esta dinámica, como concluye Perianes, la política internacional ha terminado por "anteponer los intereses nacionales y geopolíticos a los derechos humanos".
Para los bebés de entonces, comprender aquella transformación del mundo implica escuchar la memoria viva de quienes presenciaron el cambio de era. "El sonido de los edificios derrumbándose, el olor del aire y la gente llorando es algo que nunca podré olvidar", recuerda Anthony Tramontana, de 85 años, que remolcó coches abandonados por las personas ese día. Ante el inevitable cambio, tanto él como otros sólo pueden describir fragmentos de cómo eran los años, meses, minutos y segundos antes del 11-S. "Ese día hacía el clima más hermoso. El cielo estaba despejado, soleado y precioso. Luego vimos el humo durante meses y meses, tal vez un año después o casi", rememora el ex policía Londy Prendamano.
Desde entonces, el recuerdo del humo, las cenizas, las personas cayendo y del derrumbe azota a Estados Unidos y a todos los países que igualmente aplicaron medidas preventivas para evitar correr con el mismo desafortunado destino. "Veinticinco años después, si veo una imagen en la televisión o en una película, empiezo a temblar", reconoce Michael. "Eso fue lo peor que le ha pasado a Estados Unidos. Fue horrible. Jamás olvidaremos el día en el que nos atacaron desde el cielo", afirma Jehnett. Y para quienes nacimos en aquel aciago 2001, habitar este mundo significa vivir cada septiembre bajo el recuerdo de una tragedia que no recordamos pero sí vivimos.