El Lulismo Cruje Ante la Ofensiva Ultra
Otra vez, toca hablar del ascenso de la extrema derecha en una elección latinoamericana, en el contexto de lo que la revista The Economist llamó en junio “la dramática trumpización de América Latina”.
En Brasil, el heredero se impuso por algo menos de dos puntos sobre el mítico Luiz Inácio Lula da Silva en la primera vuelta electoral. Si Lula salió de la cárcel para volver al poder, Flávio Bolsonaro podría recuperarlo, en caso de ganar la segunda vuelta, en nombre del padre preso por haber organizado un intento de golpe de Estado. Para mejorar sus chances, Flávio ha tratado de mostrarse más razonable que su progenitor; incluso se refirió a sí mismo como un Bolsonaro “vacunado”, en referencia a las vacunas contra la covid que Jair rechazaba. Su declaración fue leída también como la de un candidato inmunizado frente a los errores del padre, que terminaron llevándolo a prisión.
No hay que olvidar tampoco que Jair Bolsonaro perdió en 2022 por menos de dos puntos porcentuales. Pero, en verdad, el bolsonarismo nunca se fue. Como recordaba André Singer en un artículo publicado en 2023 en la New Left Review: “el gigantesco conglomerado militar-religioso-agroindustrial consiguió hacerse con el bloque mayoritario en el Congreso, situando a la derecha en una posición sólida para obstruir cualquier intento de cambios estructurales. Los partidarios de Bolsonaro se hicieron con los estados de São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, los tres más ricos del país”. Hoy ese bloque podría ampliarse, sobre todo con el crecimiento de la ultraderecha en el Senado.
Lula se puso la campaña a cuestas como su última gran apuesta política. Se trata, sin duda, de un hombre-símbolo, tanto en Brasil como en el extranjero. Pero también es una figura con más pasado que futuro. No solo por razones biológicas ―que con 80 años pesan, y mucho—, sino también políticas. El presidente brasileño ha activado de manera recurrente, en la campaña, su lejano pasado de obrero metalúrgico y líder sindical perseguido por la dictadura: el del niño del paupérrimo Nordeste que se sobrepuso a su destino hasta llegar a presidir una de las diez mayores economías del mundo. Ese pasado, actualizado por su más reciente paso por la cárcel, es muy real y, para millones de brasileños, es una historia llena de significado en un país conocido por sus brutales injusticias sociales y raciales. Pero también es una suerte de renta que se va gastando. Ya no alcanza para refundar a la izquierda ni para construir imágenes de futuro; incluso se mostró insuficiente para construir una narrativa con los éxitos económicos de su gobierno.
Muchos advertían desde hacía tiempo que, aunque sigue siendo un líder con un enorme arraigo popular, Lula estaba perdiendo esa batalla de sentido, y los resultados de la primera vuelta parecen confirmarlo. Desde hace tiempo, detrás del lulismo, el Partido de los Trabajadores (PT) se ha ido debilitando, sobre todo en las grandes ciudades y aparece más dependiente de su bastión nordestino.
Lula fue convertido en una suerte de salvador, y él mismo se presentó como el único capaz de frenar al “fascismo”. Pero mientras que no existía otro Lula, Bolsonaro pudo transferir sus votos a su hijo, sin que este tuviera ningún carisma particular. La campaña para la segunda vuelta será, en este sentido, una carrera cuesta arriba. Lula deberá desafiar el creciente estado de ánimo triunfalista de la derecha y su ventaja aritmética.
La elección brasileña confirma algo que ya sabíamos o deberíamos saber: que el crecimiento de las derechas radicales no es solo una cuestión de bulos o de votantes despistados. Hoy muchos centristas tienen menos pruritos para votar por los ultras. El fantasma del fascismo asusta menos. La demanda de mano dura en un subcontinente atravesado por el crimen organizado como América Latina, la reivindicación de la “gente de bien” por sobre vagos o mantenidos por el Estado y las diversas declinaciones culturales del antiprogresismo tienen como contrapartida un progresismo a veces demasiado pontificador.
Si se cae el dique brasileño, la mencionada trumpización de América Latina dará un salto político y geopolítico aún difícil de dimensionar.